(reflexiones febriles sobre la crisis global)
Contaban quienes fueron rescatados que en el naufragio del Titanic fueron escasos los sobrevivientes de tercera clase. Salvo algunos héroes de ocasión los pasajeros de primera clase tuvieron acceso prioritario a los siempre escasos botes de salvamento. De la segunda clase, se salvaron los que pudieron.
Ni siquiera la ficción fue más piadosa con la tercera clase; el personaje de Leonardo DiCaprio murió congelado.
Sin pretender hacer analogías ni postular leyes para beneficiar intereses concretos (a eso se dedican los economistas con desdichada frecuencia), una primer lección práctica que podemos extraer de toda crisis es que a mayor disponibilidad de me
dios, mayores posibilidades de supervivencia. Ahora bien, si cada una es específica y no podemos postular un modelo universal, la comparación con colapsos anteriores del capitalismo nos enseña que el sistema logró sobrevivir apelando a cualquier medio y los perjudicados son siempre los mismos: los sectores populares.
Si hacemos una breve y elemental revisión de la historia de las crisis económicas mundiales precedentes, este punto de vista se ve reforzado. Las debacles del siglo XIX (1873 y 1890) se saldaron a través de mecanismos tales como los trusts, la cartelización y el imperialismo. La crisis del ’30 llevó como corolario a la implementación del fascismo y nazismo. Si bien se puede argumentar que la del ’70 se debió a problemas diferentes, sus consecuencias fueron similares: la imposición e implementación del neoliberalismo a nivel global, doctrina que se encuentra vigente en el momento de esta crisis.
Haciendo hincapié en el caso argentino, las lecciones que podemos extraer son igualmente instructivas. Avellaneda manifestó aquello de “pagar la deuda con el hambre y la sed de los argentinos” como resultado de la crisis de 1873; el crac del ’30 generó el clima que propició el golpe contra Irigoyen, y sus nefastas consecuencias como el pacto Roca-Runciman,
hicieron que esta década fuese motejada de infame. Tal vez los que tengamos más edad recordemos que la crisis del ’73 fue la que trajo aparejados el Rodrigazo, el Proceso y Martínez de Hoz y la estatización de la deuda privada por parte de Cavallo. Ni que hablar del 2001, con el corralito y la fuga de capitales.
Estos ejemplos muestran, a nuestro juicio, las consecuencias de las crisis económicas del capitalismo. Sus supervivientes son siempre los poderosos, los dueños o controladores del poder político, que instrumentan las medidas conducentes a preservar su riqueza y predominio social socializando sus pérdidas. Los sistemas políticos no son neutrales: establecen las reglas de juego, y determinan quiénes se incluyen en los beneficios y sobre quiénes recaen las pérdidas. En consecuencia, es una decisión del poder político determinar qué sectores sociales se hacen cargo de las debacles económicas, y por lo general esta decisión es forzada por quienes cuentan con mayor peso específico. En una sociedad segmentada, con un poder político débil y dependiente de los poderes fácticos, la salvación queda librada a las posibilidades individuales: frente al naufragio, algunos saldrán con motor fuera de borda, otros con salvavidas de plomo, y los demás tendrán que nadar entre el cardumen de tiburones.
Reiterando que cada crisis tiene sus especificidades, el panorama inicial de la crisis actual se puede graficar con un collage de hechos en el que se encuentran presentes el salvataje al sistema financiero, la nacionalización de las entidades en quiebra, las ganancias millonarias de ejecutivos frente a la ruina de los pequeños ahorristas, el aumento de trabas a la inmigración, los clavos en la pared que el prefecto de una ciudad del norte de Italia puso en los muros para impedir que los gitanos se apoyen en ellas.
El sistema beneficia y excluye, consagra y criminaliza. Por otra parte, los medios contribuyen a construir esta situación inoculando en la población las dinámicas y poéticas del terror con el fin de resignar a la población y conformarla en la profundización de su precariedad.
No obstante, como expresáramos anteriormente, ninguna crisis es idéntica. Y en nuestro caso, confluyen dos circunstancias que permiten abrigar cierto optimismo. En primer lugar, que el desastre del 2001 nos aisló relativamente del sistema internacional, lo que nos permite contar con un margen de tiempo para colocar redes de emergencia antes de que el trapecista se estrelle contra el suelo. Por otra parte, que el gobierno de Cristina Kirchner manifiesta una voluntad de gestión política diferente a los gobiernos del pasado. Este es el tiempo de cerrar filas y ser creativos, promover un cambio en el rol del Estado, que debe recuperar iniciativa en la asignación de recursos políticos, económicos, sociales y culturales. Debe promoverse la acción conjunta de cooperativas y asociaciones que permitan incorporar capital social a la vida argentina para que piensen y actúen en conjunto para dar un salto cualitativo en nuestro país. Se torna imprescindible articular con los demás países latinoamericanos políticas en común con el objetivo de fortalecernos y colocarnos en mejor posición interna y externa de cara al futuro.
Pero es necesario que asumamos que esto es una construcción colectiva. De lo contrario, los dueños del poder y la gloria harán lo de siempre: cercarán al gobierno, condicionándolo o derribándolo, y gobernarán de acuerdo a sus intereses. En nosotros como sociedad está la clave para hacer de esta crisis la excepción y no la regla.




